Cristian Gutiérrez
Si nos detenemos a observar el complejo de Edipo de la niña y lo comparamos con el del varón podemos establecer una serie de diferencias que, por decirlo menos, llaman mucho la atención, principalmente debido a la relevancia que podrían tener en este caso específico, así entonces podemos observar claramente en el postulado Freudiano como el motivo que lleva a la niña al ya mencionado complejo es absolutamente distinto al caso del varón, ya que para este último el motivo principal es la angustia de castración, mientras que para la niña la puerta de entrada a este complejo es abierta por una herida narcisista, la cual se produce por la comprobación que hace sobre el hecho de que su clítoris es un correlativo inferior al miembro genital masculino, debido a esta comprobación se revela contra la madre, quien hasta ese momento ha sido, como en el niño, su objeto de amor, por esto la niña se distancia de ella, eligiendo en su lugar ,como objeto de su deseo, al padre, para dar entonces origen al complejo de Edipo femenino. De esta manera “En la niña falta el motivo para la demolición del complejo de Edipo. La castración ya ha producido antes su efecto, y consistió en esforzar a la niña a la situación del complejo de Edipo”1 ; a partir de esta información encontramos otra importante diferencia entre el complejo de Edipo femenino y el masculino, ya que la niña sólo puede tramitar este complejo a través de la represión, lo que hace que este cobre valor en su vida anímica normal.
En el caso de Dora podemos ver que su complejo de Edipo, en un principio, parecía seguir un cause, más o menos típico, ya que fue capaz de hacer un cambio de objeto exitoso, logrando tomar al padre como objeto de amor, y estableciendo la rebelión contra la madre a la cual no se le tomaba en cuenta, debido a su falta de inteligencia y la presencia, según Freud, de una psicosis de la ama de casa, así entonces la niña logró una muy profunda unión con su padre, tal vez aquí ya podemos vislumbrar el principal conflicto edípico presente en Dora, ya que al dirigirse hacia el padre, lo que debe preguntarse es ¿qué quiere?, qué quiere él de la madre, y en este caso pareciera que de ella, ya no quiere nada, incluso la vida sexual les esta vedada debido a la sífilis que afectó otrora a su padre, enfermedad de la que Dora está muy conciente, entonces el problema para ella es ¿cómo debo ser para que mi padre se dirija a mi?, aquí entra en juego la Sra. K, quien es la nueva dueña del deseo del padre, ahora Dora tiene un modelo a quien aspirar y en quien ubicar las mociones que no pudieron ser redirigidas hacia la madre, esto es tal vez, la reactualización del complejo dde Edipo, nunca superado por Dora. Algo que cabe mencionar es el papel preponderante de la madre, al ser siempre, en el niño y la niña, la primera elección de objeto, por lo que se puede suponer que hacia la Sra. K, al ocupar ahora el lugar de la madre de Dora, también dirige aquellas primitivas mociones tiernas que alguna vez correspondieron a la progenitora, razón por la cual podría explicarse la presencia de estas fuertes mociones inconcientes homosexuales que Freud descubre en ella, Dora entonces dirige sus mociones tiernas hacia el Sr. K, con el fin de establecer un vínculo con su esposa, esperando encontrar en ella la respuesta a la pregunta que tanto la agobia, qué es lo que quiere el padre, cómo puede de alguna manera llegar a atraer la atención del padre hacia ella. En medio de esta búsqueda, Dora por fin logra atraer la atención del Sr. K, con lo que parecía haber logrado la tan ansiada identificación con la dueña del deseo de su padre, pero es precisamente aquí donde se encuentra con una dura y determinante frase que cambia el curso de sus mociones de un momento a otro, el Sr. K, intenta seducir a Dora y en mitad de su acercamiento le dice: “De mi mujer no me importa nada”2. Ante esta frase la empresa de Dora se ve gravemente afectada, sus mociones sexuales para con el Sr. K, se derrumban súbitamente y una vez más queda a la deriva. Repentinamente se da cuenta de que no le sirve de nada el amor del Sr. K, a él ya no le importa su mujer, él ya no representa a su padre y su moción Edípica ya no se ve saciada. Él ya no tiene nada de su mujer, por lo tanto, a través de este ya no puede establecer el vínculo con ella.
En este momento, en que ya no puede valerse de la protección que el amor al Sr. K, le proporcionaba, Dora queda desprotegida ante las fuertes mociones homosexuales que sentía por la Sra. K, a quien, como en un momento ocurrió con la madre, no puede tomar como objeto de amor, entonces se ve precisada a tomar nuevamente al padre como su objeto de deseo. Dora, al igual que la primera vez, asume el papel de su madre y ya no acepta la relación de su padre con la Sra. K, relación que antes veía con agrado, aquí podemos ver entonces que se pone en evidencia la ya mencionada reactualización del complejo de Edipo.
En esta vuelta al padre se ponen en evidencia, no sólo las ya mencionadas mociones homosexuales presentes en Dora, si no que también la hostilidad que en un principio sentía por la madre y ahora desplazada a la Sra. K, de manera reforzada, quizá por la traición de ésta al confesar en que consistían sus conversaciones y el tipo de libros que solía leer, remarcando con énfasis el gran interés de Dora por los temas sexuales, sin embargo, las mociones homosexuales siguen prevaleciendo y la muchacha jamás la denuncia como fuente de su saber sexual. Entonces, la pregunta que se pone en juego es ¿A quien ama Dora?, nuestra primera tentativa es a responder que el objeto de amor es la madre, ya que todo lo que ha vivido durante el complejo de Edipo, con sus consecuentes identificaciones no han sido más que el rodeo, él único camino que la chica ha podido encontrar para sobrellevar el inconcluso complejo de Edipo que la aqueja y así por fin poder resignar su primer objeto de amor, que es la madre, quien tiñe todas las posteriores elecciones de objeto.
En base a lo ya tratado podemos establecer una seríe de postulados para explicar la razón que llevó a la paciente a ejercer este recorrido y la imposibilidad de Dora por evitarlo, al mismo teimpo podemos establecer una serie de preguntas sobre las cuales nos parece interesante meditar.
La pregunta anteriormente formulada (¿a quién ama Dora?) nos lleva a interrogarnos, también acerca de, ¿a quién se ama cuando se ama?, ¿a quien ama una mujer?, y ¿por qué se ama a quien se ama?. Tal vez podríamos decir que en el caso de la histeria, condición preponderante en el sexo femenino, la respuesta esta presente, en niveles más o menos notorios, quizá podamos responder, acertadamente, de la misma manera que a la primera interrogante; al parecer se ama siempre a otra mujer, ya sea a través de un miembro del sexo femenino o a través de un hombre, como es en el caso de la mayoría de las mujeres, ¿por qué?, porque la madre es siempre la primera elección y su influencia no deja de guiar las posteriores mociones afectivas y sexuales, así entonces podemos hablar de una predeterminación en el sentido de las elecciones de objeto, de uno u otro modo suponemos que nuestro destino esta en cierta medida escrito y mientras más intentemos rehuirlo más estaremos determinados por los presagios de nuestro origen, así podemos decir entonces que el transito de Dora no podía ser otro, era la única forma de sobrellevar su realidad.
Para sostener esto nos ayudaremos de la noción de Narcisismo, la elección objetal por parte de la mujer se hace por esta vía, las mujeres buscan el hombre que las ame como el padre las amo, pero ¿por qué el padre las amo?, ¿cómo se consigue la mirada del padre?, pues respondiendo a la pregunta ¿qué quiere el padre?, y la respuesta es, generalmente, a la madre, aquí se produce la identificación a esta, identificación que fue antecedida por las primeras mociones amorosas, que en la niña se producen como en el varón, vía apuntalamiento. La niña intenta identificarse con la madre para poder atraer la mirada del padre, por lo tanto podemos suponer que la niña al buscar, en otros hombres, un amor como el del padre, en el fondo no busca más que la satisfacción de la propia madre, en ellas.
La pregunta, ¿qué quiere?, qué quiere Dora, el padre o la madre, nos lleva a otro punto interesante y éste es el lugar que ocupa el deseo, que se moviliza a través de los integrantes de la triangulación edípica, el deseo primero fue de la madre, ella deseo al hijo, en este caso hija, algo que consiguió gracias al padre, pero luego el padre se hace portador del deseo, desea a la madre e impide que ésta especie de simbiosis que ocurre entre la madre y su hija perdure, entonces la hija se siente castrada, ya no por no tener pene sino por no tener a la madre, quien se le ha denegado, finalmente se vuelve hacia el padre y en su busqueda de completud realiza el pasaje simbólico y el lugar, que en algún momento ocupo el pene, lo ocupa ahora el hijo, haciéndose así, poseedora del deseo. Esto en Dora se ve dificultado; ¿cómo desear un hijo del padre, si este no lo puede dar?.
1Freud, S (1925). “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”. OC Vol. XIX. Amorrortu editores. Argentina. Pág. 276
2Freud, S (1905[1901]). “Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora)”. OC Vol. VII. Amorrortu editores. Argentina. Pág. 93
Bibliografía:
Freud, S: “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos” (1985). OC. Vol. XIX: Amorrortu Editores. Buenos Aires, Argentina.
Freud, S: Conferencia 33:”La Feminidad” (1933). OC. Vol. XXII. Amorrortu Editores. Buenos Aires, Argentina.
Freud, S: “El sepultamiento del complejo de Edipo” (1924). OC. Vol. XIX: Amorrortu Editores. Buenos Aires, Argentina.
Freud, S: “Introducción al Narcisismo” (1914). OC. Vol. XIX: Amorrortu Editores. Buenos Aires, Argentina.

1 comment
Comments feed for this article
Julio 9, 2008 a 11:49 pm
pajarito
trabajo realizado en el año 2004, segundo año de Psicología, para el ramo: “Introducción al Psicoanálisis”.