“Un joven le pidió a un padre la mano de su hija

y la recibió en una caja, era su mano izquierda.

Padre: Me pediste su mano y ya la tienes …”

Patricia Highsmith

Hablar de la escritura nos conduce al concepto de goce, que es posible de abordar sólo a partir de su pérdida: al convertirnos en sujetos deseantes este se desprende, cae del cuerpo el objeto a, el objeto capaz de devolvernos al estado mítico de satisfacción absoluta. Es así, que en el sujeto excluido del goce sexual, este goce vuelve a partir de un síntoma que se inscribe en el cuerpo, y es a partir de un trabajo de lectura que se posibilita un proceso de transformación del goce del cuerpo al decir.

En primer lugar, y para sotener aquello, hay que pensar la escritura como la vehiculización de la imagen, y una explicación de aquello la econtré en palabras de Carlos D, Peréz:”¿Qué hubiese visto Narciso de no haber sido tan narcisista? El agua espejando su imagen, pero agua al fin; para ello necesitaba algo interpuesto, algún material flotando en la superficie. Supongamos que mientras se hallaba extasiado ante la presencia amada una botella vacía, una lata o un barquito de papel arrastrado por la corriente se hubiese interpuesto entre él y la imagen ideal; el encanto habría cesado instantáneamente. No otra cosa es la función de la escritura, cuya opacidad obliga a leer una sombra, evidencia a la vez de una imposibilidad y la consolidación de otra instancia, la del elemento que interfiriendo el espejo reclama consideración”.

En segundo lugar, también es posible afirmar que es el cuerpo de la mujer la superficie perfecta para la escritura. Un ejemplo de esto se muestra en “The pillow book”, película dirigida por Peter Greenaway en 1996, aquí, el padre de Nagiko, la protagonista, escribe en su piel desde que era una niña, cada cumpleaños, una oración en la que se recita como Dios creo al hombre y al finalizar su creación, lo firma con su nombre. Pero ¿En que me baso para afirmar que es el cuerpo de la mujer la superficie perfecta para la escritura?. El cuerpo de la mujer es aquel en el que se escribe cada acontecimiento relevante, como la primera relación sexual o el embarazo. El cuerpo de la mujer, el cuerpo femenino, es aquel, que luego de la caida del objeto a, queda lleno de zonas erógenas, y con bella indiferencia, se complace en mostrar la falta, es un cuerpo histerizado que sufre de representaciones, o significantes, como dirá Lacan, de significantes autoeróticos que no dan paso a la metáfora ni la metonímia.

Se hace prudente, entonces decir, que es bajo el término recortar que se incriben tanto el trabajo de un lector como el de un psicoanalista. Al recortar un texto se le da una nueva inteligibilidad, y esto puede hacerse con un texto escrito (libro) o bien con el texto oral de aquel que va a la consulta de un analista y sigue la regla fundamental: “hable”, y hable de lo que se le venga a la cabeza, de cualquier cosa, ya que no será escuchado aquello que dice, sino aquello que se escapa en el decir.

Es de este modo, que el estatuto de verdad, en psicoanálisis, se torna un ejercicio de lectura, el ejercicio que le da al sujeto la posibilidad de percatarse de aquel entramado en el cual estaba envuelto. Entonces es posible concluir, que la escritura surje cuando finaliza el análisis, sin olvidar, que en psicoanálisis esta escritura es sobre el síntoma.

Daniela Alarcón

Bibliografía

Pérez Villalobos, Carlos; Dieta de Archivo: memoria, crítica y ficción. Editorial ARSIS; Chile, 2005

Pérez, Carlos, D. (2006, Enero 18); Apuntes para una clínica de la escritura. (en linea) El Sigma. http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=9188

Cheb Terrab, Perla. Escrito y escritura en psicoanálisis. (en linea). Discurso Freudiano. Escuela de Psicoanálisis. http://www.discursofreudiano.com.ar/escrito_y_escritura_en_psicoanal.htm