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“Un joven le pidió a un padre la mano de su hija
y la recibió en una caja, era su mano izquierda.
Padre: Me pediste su mano y ya la tienes …”
Patricia Highsmith
Hablar de la escritura nos conduce al concepto de goce, que es posible de abordar sólo a partir de su pérdida: al convertirnos en sujetos deseantes este se desprende, cae del cuerpo el objeto a, el objeto capaz de devolvernos al estado mítico de satisfacción absoluta. Es así, que en el sujeto excluido del goce sexual, este goce vuelve a partir de un síntoma que se inscribe en el cuerpo, y es a partir de un trabajo de lectura que se posibilita un proceso de transformación del goce del cuerpo al decir.
En primer lugar, y para sotener aquello, hay que pensar la escritura como la vehiculización de la imagen, y una explicación de aquello la econtré en palabras de Carlos D, Peréz:”¿Qué hubiese visto Narciso de no haber sido tan narcisista? El agua espejando su imagen, pero agua al fin; para ello necesitaba algo interpuesto, algún material flotando en la superficie. Supongamos que mientras se hallaba extasiado ante la presencia amada una botella vacía, una lata o un barquito de papel arrastrado por la corriente se hubiese interpuesto entre él y la imagen ideal; el encanto habría cesado instantáneamente. No otra cosa es la función de la escritura, cuya opacidad obliga a leer una sombra, evidencia a la vez de una imposibilidad y la consolidación de otra instancia, la del elemento que interfiriendo el espejo reclama consideración”.
